El
conflicto edípico y su resolución
En la angustia del conflicto edípico, un muchacho
odia a su padre por interponerse en el camino entre él y su madre, evitando que
ésta le dedique toda su atención. El chico quiere que la madre lo admire como
si fuera el más grande de los héroes, lo que significa que debe eliminar al
padre de alguna manera. Sin embargo, esta idea genera ansiedad en el niño,
porque ¿Qué pasaría con la familia si el padre dejara de protegerlos y
cuidarlos? y ¿Qué sucedería si su padre descubriera que él había querido
eliminarlo? ¿Sería capaz de llevar a cabo una terrible venganza?
Podemos decirle a un niño repetidas veces que algún
día crecerá, se casará y será como su padre, sin que esto sirva de nada. Una
afirmación tan realista no le alivia en absoluto de las pulsiones que el niño
siente en su interior. En cambio, el cuento le dice cómo puede vivir con sus
conflictos: le sugiere fantasías que él nunca podría inventar por sí solo.
Por ejemplo, el cuento de hadas relata la historia
de un chiquillo que, en un principio, pasa inadvertido, se lanza al mundo y
acaba por triunfar plenamente en la vida. Los detalles pueden cambiar, pero el
argumento básico es siempre el mismo: una persona que no tenía el aspecto de
héroe prueba que lo es matando dragones, resolviendo enigmas y viviendo con
astucia y bondad hasta que libera a la bella princesa, se casa con ella y vive
feliz para siempre. Ni un solo niño ha dejado de verse alguna vez en este papel
estelar. La historia implica que no es el padre el que no permite que el niño
disponga por completo de la madre, sino un dragón malvado; y, en realidad, lo
que el niño tiene en mente es matar al dragón. Además, el relato hace verosímil
el sentimiento del muchacho de que la chica más adorable está cautiva por la
acción de un personaje cruel, lo que da a entender que no es la madre la que el
niño quiere para él, sino una muchacha maravillosa a la que todavía no ha visto
pero a la que, sin duda, encontrará algún día. La historia va más allá de lo
que el niño quiere oír y creer: la muchacha maravillosa (es decir, la madre) no
está por su propia voluntad con la cruel figura masculina. Por el contrario, si
pudiera, le gustaría encontrarse con un héroe joven (como el niño). El que mata
al dragón debe ser siempre joven e inocente, como el muchacho.
Evidentemente, el muchacho no quiere que la madre
esté ocupada en las tareas de la casa o en el cuidado de otros niños. Tampoco
quiere que el sexo tenga nada que ver con ella, porque este campo está todavía
lleno de conflictos para él, en el caso de que sea consciente de lo que
significa. Como en la mayoría de los cuentos de hadas, el ideal del niño es que
él y su princesa (la madre) puedan satisfacer todas sus necesidades y vivir
dedicados para siempre el uno al otro.
Los problemas
edípicos de una chica son diferentes de los de un chico y, por ello, los
cuentos de hadas que la ayudan a enfrentarse a su situación edípica deben,
también, ser de distinta naturaleza. Lo que bloquea su existencia edípica feliz
con el padre es una mujer vieja y malintencionada (es decir, la madre). Sin
embargo, desde el momento en que la niña desea seguir disfrutando de los
cuidados amorosos de la madre, encontramos asimismo un personaje femenino
bondadoso en el pasado o en el contexto del cuento, cuya memoria se mantiene
intacta aunque haya dejado de ser operativa. Una niña desea verse como una
muchacha joven y hermosa —una especie de princesa— que está cautiva por la
acción de un personaje femenino egoísta y malvado y que, por ello, no es
accesible al amante masculino.
El padre real de la princesa cautiva se describe
como una persona bondadosa pero incapaz de rescatar a su hija. En «Nabiza» es
una promesa lo que se lo impide, mientras en la «Cenicienta» y «Blancanieves»
parece incapaz de tomar sus propias decisiones en contra de la todopoderosa
madrastra. El chico que pasa por el período edípico y que se siente amenazado
por su padre porque desea sustituirlo en la atención de la madre, asigna al
padre el papel del monstruo amenazador. Esto parece demostrar al chico que su
padre es un rival verdaderamente peligroso, porque, si no fuera así, ¿por qué
sería tan temible esta figura paterna? Puesto que la princesa que desea es la
prisionera de un viejo dragón, el muchacho puede llegar a pensar que la fuerza
bruta es el único obstáculo que se levanta entre la muchacha (la madre) y el
héroe preferido por ella.
Por otro lado, en los cuentos que ayudan a la chica
que pasa por el período edípico a comprender sus sentimientos y a encontrar una
satisfacción sustitutiva, son los celos desmesurados de la madrastra o de la
hechicera lo que impide que el amante encuentre a su princesa. Estos celos
prueban que la mujer madura sabe que el héroe prefiere amar a la chica joven y
permanecer a su lado. Mientras que el chico del período edípico no quiere que
ningún niño interfiera en su relación con la madre, la chica desea darle a su
padre el regalo amoroso de ser la madre de sus hijos. Es muy difícil determinar
si esta afirmación se trata de la necesidad de competir con la madre en este
aspecto o bien de la anticipación de la futura maternidad. Este deseo de dar un
hijo al padre no significa mantener relaciones sexuales con él, puesto que la
niña, al igual que el niño, no piensa en términos tan concretos.
La chica sabe que los niños son los que unen, más
estrechamente, la figura masculina a la femenina y, por ello, al tratarse en
los cuentos, de manera simbólica, de los deseos, problemas y dificultades de
tipo edípico que se le presentan a una chica, es posible que los niños se
mencionen ocasionalmente como parte del final feliz. En la versión de «Nabiza»
de los Hermanos Grimm, se nos dice que el príncipe, ciego, tras caminar muchos
años, «llegó al desierto en el que Nabiza y los gemelos que había dado a luz
vivían en la miseria», aunque el caso es que no se había mencionado ningún niño
anteriormente. Al besar al príncipe, dos lágrimas de Nabiza resbalan sobre sus
ojos sin vida y le devuelven la vista; entonces «él la llevó a su reino, donde se
les recibió con gran alborozo y donde vivieron felices para siempre». Desde el
momento en que viven juntos, ya no se habla más de los niños; son únicamente un
símbolo del vínculo entre Nabiza y el príncipe durante su separación. Ya que no
se habla de boda entre ambos ni se insinúa relación sexual alguna, esta mención
de los niños en los cuentos confirma la idea de que se pueden tener sin sexo,
sólo como resultado del amor.
En la vida normal de la familia, el padre está muy a
menudo fuera de casa, mientras que la madre, después de dar a luz y de criar a
su hijo, sigue teniendo a su cargo los cuidados que éste necesita. Como
consecuencia, es lógico que un chico imagine que el padre no es lo más
importante de su vida. (Aunque una chica, seguramente, no podrá prescindir en
su imaginación, con tanta facilidad, de los cuidados de la madre.) Esta es la
razón por la que, en los cuentos de hadas, raras veces se sustituye al padre,
originalmente «bueno», por el padrastro malvado, mientras que la figura de la
madrastra cruel es mucho más frecuente.
Un niño no sufre una gran decepción cuando su padre
se interpone en su camino o le atormenta con determinadas exigencias por el
hecho de que este padre, por tradición, nunca le ha hecho demasiado caso. Por
este motivo, cuando el padre bloquea los deseos del chico en el período
edípico, éste no lo ve como un personaje malvado ni como una figura disociada
en dos, una buena y una mala, cosa que ocurre muy a menudo con la madre. Por el
contrario, el chico proyecta sus frustraciones y ansiedades en un gigante, un
monstruo o un dragón.
En la fantasía edípica de una chica, la madre se
disocia en dos figuras: la madre preedípica, buena y maravillosa, y la
madrastra edípica, cruel y malvada. (En los cuentos de hadas, a veces, los
chicos tienen, también, madrastras crueles, como en Hansel y Gretel, pero estas
historias tratan de problemas distintos a los edípicos.) La madre buena, tal
como nos la presenta la fantasía, es incapaz de sentir celos de su hija y de
impedir que el príncipe (el padre) y la chica vivan felices. De este modo, la
confianza de la muchacha en la bondad de la madre preedípica, y la fidelidad
que celosamente le guarda, disminuyen los sentimientos de culpabilidad que
experimenta frente a lo que desea que le ocurra a la madre (madrastra) que se
interpone en su camino. Así pues, gracias a los cuentos de hadas, tanto los
niños como las niñas que se encuentran en el período edípico pueden conseguir
lo mejor de dos mundos distintos: por una parte, disfrutan plenamente de las
satisfacciones edípicas en sus fantasías y, por otra, mantienen buenas
relaciones con ambos progenitores en la realidad. En cuanto al chico que está
en el período edípico, si la madre lo decepciona, se encuentra con la princesa,
la mujer hermosa del futuro que le compensará todos los problemas presentes y
con cuya imagen le resultará más fácil soportarlos. Si el padre presta menos
atención a su hija de lo que ella querría, la chica superará esta adversidad
gracias a la llegada del príncipe azul que la preferirá a todas las demás.
Puesto que todo esto sucede en el país de nunca jamás, el niño no necesita
sentirse culpable por asignar al padre el papel de un dragón o de un gigante
malvado, o a la madre el papel de bruja o de madrastra cruel.
Una chica puede querer a su padre real porque el
resentimiento que experimenta al ver que él sigue prefiriendo a su madre se
explica por su inevitable debilidad (como pasa con los padres de los cuentos de
hadas), cosa por la que nadie puede culparlo puesto que procede de fuerzas
superiores; además, esto no le impedirá su romance con el príncipe. Por otra
parte, una muchacha quiere más a su madre porque asigna toda su cólera a la
madre rival, que recibe lo que se merece, como la madrastra de Blancanieves,
que se ve obligada a calzarse «unos zapatos al rojo vivo y a bailar hasta caer
muerta». Y Blancanieves —lo mismo que la muchacha que lee el cuento— no tiene
por qué sentirse culpable, puesto que el amor que siente hacia su madre
verdadera (anterior a la madrastra) nunca ha dejado de existir.
El cuento de hadas tiene, además, otras
características que pueden ayudar al niño a resolver los conflictos edípicos.
Las madres no pueden aceptar los deseos de los hijos de eliminar a papá y
casarse con mamá; en cambio, pueden participar encantadas en la fantasía del
hijo como vencedor del dragón y poseedor de la bella princesa. De la misma
manera, una madre puede estimular las fantasías de su hija en cuanto al
príncipe azul que irá a buscarla, ayudándola así a creer en un final feliz a
pesar de la desilusión actual. Con ello, lejos de perder a la madre a causa de
su relación edípica con el padre, la hija se da cuenta de que la madre, no sólo
aprueba sus deseos ocultos, sino que además espera que se cumplan. A través de
los cuentos de hadas, el progenitor puede realizar, al lado de su hijo, todo
tipo de viajes fantásticos, mientras sigue siendo capaz de cumplir con sus
tareas paternas en la realidad.
El resultado es completamente contrario a lo que se
pretendía, puesto que el niño se siente rechazado y poco importante, y esto va
en detrimento del desarrollo de su capacidad para enfrentarse al mundo que se
extiende ante él. La tarea de aprendizaje del niño consiste, precisamente, en
tomar decisiones en cuanto a su propio progreso, en el momento oportuno, y en
el lugar que él escoja. El cuento de hadas le ayuda en este proceso porque sólo
le da indicaciones; nunca sugiere ni exige nada. En el cuento de hadas, todo se
expresa de manera implícita y simbólica: cuáles deben ser las tareas de cada
edad; cómo se han de tratar los sentimientos ambivalentes hacia los padres;
cómo puede dominarse este cúmulo de emociones. También se advierte al niño
sobre los obstáculos con los que puede encontrarse y, al mismo tiempo, evitar,
prometiéndole siempre un final feliz.
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